viernes, 5 de mayo de 2017

Tardes de Invierno


Era una tarde de invierno cualquiera, en un lugar cualquiera, en un momento cualquiera... La nieve lo cubría todo y un frío intenso me recordaba tiempos pasados rodeado de Tigres.
Tú estabas ahí en tu pequeño rincón de paz de la cabaña de madera, con tu copa de vino, tu lienzo y tus pinturas.

Te encantaba pasar horas y horas ahí dentro con tu pelo alborotado, tu camiseta de manga larga vieja y esas braguitas azules con copos de nieve pintados que tanto me gustaban. Siempre descalza, sintiendo el tacto de la madera y las alfombras en la planta de tus pies.
Colgaban atrapasueños por todas partes, plumas, flores y piedras de todo tipo, cuadros por doquier y una pequeña mesa donde siempre te dejaba una copa y una botella de vino.
Era increíble verte pintar, parecías poseída, pero eras más tú que nunca, todo tu ser en estado puro. Siempre dejabas todos tus anillos y pulseras en la mesa en un pequeño joyero de madera que yo te había hecho, y si se me ocurría meter la mano en él, desatabas el apocalipsis...sabes que me encantaba hacerlo, sabes que me encantaba verte esa cara de destrucción y romperla con un fuerte beso. Te aferrabas a esa cajita como si tu vida dependiera de ello.

Me encantaba mirarte desde lejos, en silencio, casi invisible...era un espectáculo para mis sentidos. A esa hora de la tarde y después de observarte un buen rato siempre me gustaba salir a pasear con nuestra perra Shiva. Era una San Bernado portentosa, fiel, cariñosa y muy curiosa; a veces por su envergadura me recordaba a mi viejo amigo Yin, mi Tigre de Siberia; estoy seguro de que hubiesen sido grandes compañeros.
A Shiva le encantaba salir conmigo a esta hora porque mientras yo te buscaba piedras, plumas y flores, ella iba curioseando todo y jugueteando con la nieve. Al final, siempre acabamos haciéndonos perrerias el uno al otro tirados en la nieve, y eso nos encantaba.

El Sol caía y las primeras estrellas empezaban a brillar tímidamente; hora de volver a casa. Al llegar siempre nos gustaba sacudirnos la nieve en el porche. Mientras yo te dejaba la cesta colgada con todo lo que te había traído, Shiva siempre se me adelantaba para darte un buen achuchón.
Recuerdo que siempre entraba a tu habitación mágica y casi siempre estabas ahí observando lo que habías pintado, copa de vino en mano. Aunque me gustaba dejarte la cesta fuera y que tú descubrieras todo lo que había traído como una niña nerviosa y alborotada, siempre te llevaba una cosa de la más especial y extraña para dártela.
Recuerdo cómo me abrazabas y ese beso que siempre me dabas...me quitaba todo el frío de la tarde de golpe y me recordaba a ese beso que una vez me diste y resquebrajó todo el Hielo...

Después de cenar nos gustaba sentarnos en la alfombra desnudos frente a la chimenea y contarnos que habíamos hecho en el día, cada uno con su botella de vino y su copa, algunos frutos silvestres y un puñado de frutos secos. Entre histórias, copas de vino y el crepitar de la leña acababamos abrazándonos como si no hubiese un mañana, como si estuviésemos intentando fundir un cuerpo con otro.

Mientras me dedicabas una sonrisa malévola yo jugaba a enredar mis dedos en tu pelo; me sentía indefenso ante tu penetrante mirada, pero no tenía nada que temer. Te sentías poderosa ahí encima mientras yo sucumbía a los placeres de tus besos, esos besos salvajes y enérgicos que me dabas acompañados de mordiscos. Al mismo tiempo, yo recorría cada centímetro de tu piel con mis dedos; sentías una especie de electricidad gélida que te erizaba la piel a su paso, centímetro a centímetro, centímetro a centímetro.
Mis suaves dedos bajaban por tu pelo lentamente recorriendo tu cara, tus mejillas, tu nariz, tus labios...mientras yo te daba pequeños y efímeros besos en el hombro, el cuello y la boca.

Cada vez me agarrabas la espalda con más fuerza y podía sentir tus uñas mientras nuestra respiración se aceleraba y te oía susurrarme al oído cosas en lenguas olvidadas. Cada mordisco que te daba dejaba una cicatriz de placer en mi espalda por culpa de tus uñas, pero no me importaba, de hecho...nos encantaba. Nuestros gemidos se mezclaban con el crepitar del fuego y nuestra saliva con el vino mientras nuestras miradas desnudaban el alma el uno del otro. Cada vez era más poderoso, más enérgico, más salvaje...hasta que finalmente unos gemidos salvajemente ensordecedores desembocaban en un estrepitoso y pacífico silencio.
Contamos por cientos las veces que esos gemidos provenientes de nuestras almas resquebrajaron los cristales...

Mientras te acurrucabas con una manta de pieles yo echaba más leña en la chimenea y me sentaba junto a tí acariciándote el pelo mientras bebía mi vino y te contemplaba en silencio. Las llamas y tú parecéis fundiros en una sola presencia mientras la nieve cubría los cristales y dejaba ver el brillo de las estrellas y la luna.

Y así acababa acurrucándome a tu vera, en un abrazo suave, delicado y sincero, mientras nuestras respiraciones, la luna y las estrellas nos llevaban al mundo de los sueños; aunque rara vez soñábamos.

Con un beso en el pelo, Buenas noches Reina de Fuego....

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